Una raza oscura y discriminada: Cuba en el siglo XXI
- Beatriz Hernánpino

- 16 mar 2019
- 8 Min. de lectura
Quizás, la Revolución Cubana fue el mayor atisbo de esperanza de que otro mundo era posible. Desencadenó una fiebre de cambio en toda la región latinoamericana cansada de caudillos y de una oligarquía heredada de la colonia que ignoraba al grueso de la población. Fue, y es aún a día de hoy, una de las cuestiones sobre las que más se escribe y se piensa; y por supuesto una cruzada de la que abundan tanto sus encandilados defensores como sus detractores más feroces.
Sin embargo, lamentablemente, lo que después de sesenta años representó la Revolución fue el fracaso de un ideal. A pesar, eso sí, de que la mayoría de las cuestiones no dependieron del socialismo ni del comunismo, si no de la forma concreta de llevarlo a cabo y del juego geopolítico internacional. Rescato, como lo hace Juan Antonio Blanco Gil en su artículo “Cuba en el siglo XXI”, un chiste que por lo visto circula desde hace décadas en la isla.
Sucede cuando
un periodista extranjero le pregunta a un cubano cuales eran los tres grandes logros de la Revolución y dijo: la salud, la educación y el deporte; después le preguntó por los tres principales fracasos, a lo que el cubano respondió: el desayuno, el almuerzo y la cena.
Juan Antonio Blanco Gil y Alejandro de la Fuente son dos historiadores e intelectuales cubanos estrechamente vinculados con la Academia estadounidense de Ciencias Sociales. Ambos son críticos con el sistema “obsoleto” cubano, desde un punto de vista político y económico, pero también, como investiga De La Fuente desde la perspectiva social en el caso de las discriminaciones racistas silenciadas por el oficialismo. Sin embargo, la forma de encarar el futuro difiere entre los autores. Para el primero los futuros posibles de la sociedad cubana son más pesimistas que para el segundo, que ve con mucha expectativa el poder que están ganando las asociaciones civiles en defensa de los afrodescendientes.
Los artículos fueron publicados en la Revista Nueva Sociedad —con sede en Buenos Aires desde 1972— en la edición número 242 del último trimestre de 2012. Desde entonces Cuba ha cambiado bastante: el apreturismo internacional ha ido en aumento, Fidel Castro ha muerto, Raul Castro se ha retirado de las instituciones, el presidente de EEUU Barack Obama visitó la isla y una persona no perteneciente a la familia Castro se ha hecho cargo del gobierno cubano. A pesar de todo ello los análisis de De la Fuente y Blanco Gil escritos hace seis años son absolutamente actuales y necesarios.
EL MOVIMIENTO AFRO CUBANO
Con el fin de construir una nación independiente, viable, participativa y armónica se estableció un silencio oficial patriótico que cubría el tema racial en Cuba. “Era mejor esquivar o soslayar divisiones y conflictos como los raciales”, dice De La Fuente, a pesar de que esas diferencias raciales tienen hondas raíces en el imaginario nacional y conforman uno de los presupuestos centrales de la cubanidad.
“La Revolución erradicó la discriminación racial y le dio la oportunidad de estudio y de trabajo a todos los cubanos, independientemente del color de la piel, como quería y soñó Martí”, decía Fidel Castro en su discurso de clausura del Congreso de Pedagogía del año 1997.
La realidad, sin embargo, era y es otra. Según indica Blanco Gil —apoyando de esta manera la tesis de De La Fuente— un estudio de 2004 comprobó que de los 13.300 estudiantes que ese año entraron a la universidad el 68% eran blancos, el 23% mestizos y sólo el 9% negros. Teniendo en cuenta que Cuba es un país con más de la mitad de la población es negra, la cifra es más que ridícula.
En los años noventa, grupos de activistas e intelectuales comienzan a cuestionarse el silencio que establece el Estado en la discusión sobre la discriminación racial. El incipiente movimiento social y cultural afrocubano empieza a denunciar la existencia de conductas e imaginarios racistas. Y es obvio, a mi juicio, que el racismo que tuvo que gestarse en la isla durante los siglos de dominación colonial para justificar la esclavitud no desapareciese en 1959 con una simple declaración de intenciones.
Estudiosos y académicos, desde el Centro Antropológico de Cuba, investigan en el momento nuevas dimensiones de la cuestión racial, como las diferencias de género o la distribución de la población negra en los barrios menos deseables.
Como decía Anibal Quijano y subscribo,
"la idea de raza es, con toda seguridad, el más eficaz instrumento de dominación social inventado en los últimos 500 años.”
Cuba padece serias limitaciones en el acceso a la información: Blanco Gil ilustra los datos cuando habla de que la velocidad de conexión a internet en Cuba es la segunda más baja del planeta — la primera es Moyette, un archipiélago del océano Índico entre Madagascar y la costa de Mozambique. Este hecho dificultaba, y lo sigue haciendo hoy en día, la influencia de grupos y organizaciones internacionales antirracistas con el movimiento afrocubano, aunque sí permearon nuevos términos, métodos y propuestas de su arsenal teórico.
El movimiento pronto empezó a nutrirse de la obra de artistas; como artistas visuales que recalcaron la importancia de las culturas africanas en la conformación de lo cubano, o como los raperos Hermanos de Causa con el tema “Tengo” que De La Fuente utiliza como título de su artículo. “Tengo una raza oscura y discriminada. / Tengo una jornada que me exige y no da nada. / Tengo tantas cosas que no puedo ni tocarlas. / Tengo instalaciones que no puedo ni tocarlas.”, parafrasean irónicamente el famoso poema de Nicolás Guillén en el que alaba los triunfos de la Revolución en el campo de la desigualdad racial.

En 1998 Norberto Mesa Carbonell crea la Cofradía de la Negritud (CONEG) con el objetivo de “concienciar” — la expresión plena conciencia es la que utiliza De La Fuente— sobre las diferencias raciales en las instituciones estatales y la sociedad civil, según el autor, acrecentadas por la crisis conocida como Periodo Especial. La CONEG ponía en relevancia “la desventaja históricamente acumulada de la población negra” y proponía “acciones concretas apropiadas”. Después, la Unión de escritores y artistas de Cuba (UNEAC) con su proyecto “Color Cubano” aglutinaron, en los primeros años del siglo XXI, los espacios necesarios para la discusión y crecimiento del movimiento.
De La Fuente reconoce los logros del movimiento afrocubano a pesar de la heterogeneidad y una “estructura organizativa única”. Ya no es posible negar la existencia del movimiento social que lucha por los derechos del negro en Cuba — parafrasea en autor en el texto a Tomás Fernández Robaina, uno de los promotores del movimiento. Por lo que se ha pasado al siguiente punto: hay que buscar soluciones. Eso es un triunfo social, ya que la existencia misma del problema ya no es objeto de debate.
Uno de los retos a los que se apunta —muy acertadamente en mi opinión— es la eterna lucha por llevar a la calle los temas sociales de los espacios académicos. Por ejemplo transformando el sistema educativo que contribuye a los imaginarios racistas cuando niegan a los africanos y sus descendientes como protagonistas de la Historia. Otro punto, no unánime, podría ser la acción afirmativa, entendida como política social que observe las diferencias, las tenga en cuenta y promueva acciones para eliminarla. Las políticas universalistas suelen tender a reproducir desigualdades preexistentes. Por lo que el autor resalta que la acción estatal es necesaria para combatir la discriminación y las desigualdades, con ella “una ley que vele por el cumplimiento de las políticas antirracistas”.
CUBA EN EL SIGLO XXI
El artículo de Blanco Gil se presenta como una suerte de preguntas que se congregan en “la más básica de todas”:
¿están conformes los cubanos hoy con su situación o reclaman otro régimen de gobernabilidad para, libremente, buscar su felicidad?
Primero, y como mencionaba anteriormente en relación al artículo de De La Fuente, para Cuba no es posible avanzar a una economía moderna de conocimiento como proponen los economistas oficiales con una deficiente conexión a internet. A lo que invito a reflexionar si esa acepción de moderno no tiene un tufo extremadamente eurocéntrico y posicionaría a la isla a la periferia desde el mismo enunciado. Es más, Blanco Gil relaciona y crea la paradoja de esta falta de modernidad directamente con el miedo que generó la Revolución haitiana — a partir de una sublevación de esclavos — que impulsó en el siglo XVIII a la introducción de tecnología en la isla para facilitar la transición de mano de obra esclava a la asalariada. Hoy, ahí viene la paradoja, sucede al revés:
es el miedo de las élites cubanas a una apertura informativa bajo la sombra de lo sucedido en las revoluciones de la Primavera Árabe —que convocaron millones de personas a través de las redes sociales.
Por lo que como apunta el autor, Cuba se incorporaría tarde, obsoleta, empobrecida, no competitiva y desde una periferia, a los procesos mundiales de globalización. Aún así “la sociedad cerrada creada por el socialismo de Estado, se resquebraja ante las continuas innovaciones de las comunicaciones digitales”, haciendo gala de la ingeniosidad cubana que pone en marcha blogs y otros proyectos a pesar de todas las adversidades.
La segunda idea por la que navega Blanco Gil es el envejecimiento de la reducida élite de poder que gobierna y manda en Cuba. A los jóvenes sólo se les deja entrar como simples funcionarios sin poder real y para su ascenso se valora más la lealtad personal que la eficacia. En este punto me limito a mencionar los últimos acontecimientos de este año 2018, en el que Miguel Díaz-Canel —de 57 años— fue designado presidente del Gobierno, pero se anunció que “las decisiones de mayor transcendencia las tomará Raúl Castro”, lo que nos hace volver a la idea de marioneta que predecía el autor en 2012.
En tercer lugar habla del modelo económico agotado que reina la isla, y erróneamente a mi parecer, lo compara a otras economías de la región que por aquellos años vivían el boom de precios del extractivismo feroz en un momento de alza del valor de las materias primas. En lo que sí tiene razón es que la economía cubana sobrevive artificialmente por las inyecciones de capital extranjero —en 2012 venezolanas en su mayoría. Un ejemplo de ello es la ineficiencia de su agricultura que obliga a importar algo más del 80% de lo que consume.
Por otro lado el autor, como reflexión con vistas a futuro, alerta de los peligros de una apertura económica que convirtiese la isla en un “estalinismo de mercado” como el chino, sin libertades y fomentando el trabajo semiesclavo y la degradación ambiental.
Derivado de la economía, se sitúa por tanto, el empeoramiento de los sistemas de educación y salud universales. “Muchos servicios y subvenciones estatales se han reducido”, expone el autor, además de la reducción del poder adquisitivo de los salarios. Esto hace que el coeficiente de Gini — entendido como índice de desigualdad— estuviese en 0,24 en los ochenta y en la década del 2000 llegase al 0,38.
La organización Fund for Peace, que analiza los Estado Fallidos del mundo, otorga a Cuba un nivel 2, es decir, calificación de un Estado débil ante la resolución de conflictos de forma democrática. No será exitosa una reforma económica, explica el autor, sin una reforma política que asegure el debate y un régimen de valores e instituciones democráticas en conjunto con otras libertades como de expresión, prensa, reunión y organización. “La insistencia en sostener un régimen político que niega las libertades universales bloquea el acceso al pilar del desarrollo y prosperidad en Cuba”, apunta Blanco Gil.
Todas las premisas anteriores, incluída la cuestión racial del primer epígrafe, conllevan a reflexionar sobre la diáspora cubana: una política migratoria que expulsa masivamente al capital humano de la isla —y no permite su retorno más que de turismo. Ese hecho supone un desperdicio de talentos formados por la educación gratuita, cuidados por la sanidad pública, frustrados profesionales mal pagados, una fuga de cerebros del futuro de la isla. Sólo hacia EEUU, por ejemplo, emigran unos 20.000 cubanos al año.
Los jóvenes se marchan y Cuba envejece — como su selecta élite política que en menos de un lustro, si no han fallecido, estarán incapacitados físicamente para tareas de gobierno.
TEXTO ESCRITO PARA EL SEMINARIO REVOLUCIONES LATINOAMERICANAS DEL SIGLO XXI EN EL MARCO DE LA MAESTRÍA EN ESTUDIOS SOCIALES LATINOAMERICANOS DE LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES; ÚLTIMO SEMESTRE DE 2018.
RESEÑA DE LECTURA DE LOS TEXTOS:
De La Fuente, A. “Tengo una raza oscura y discriminada. El movimiento afrocubano: hacia un programa consensuado”. Revista Nueva Sociedad, nº 242, nov-dic 2012, Buenos Aires. p. 92-105.
Blanco Gil, J.A. “Cuba en el siglo XXI. Escenarios actuales, cambios inevitables, futuros posibles”. Revista Nueva Sociedad, nº 242, nov-dic 2012, Buenos Aires. p. 56-69
OTRAS FUENTES:
QUIJANO, A. ¡Qué tal raza!. en Campoalegre, R. y Bidaseca, K (coord.). “Más allá del decenio de los pueblos afrodescendientes”, CLACSO 1ª ed. Colección Antologías del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño. Serie Pensamientos Silenciados. Buenos Aires, 2017. p 17 Disponible online: http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20171006013311/Mas_alla_del_decenio.pdf [Consultado 5 de noviembre de 2018]
Infobae (2018). “Miguel Díaz-Canel fue designado nuevo presidente de Cuba”. Disponible online: https://www.infobae.com/america/america-latina/2018/04/19/miguel-diaz-canel-fue-elegido-nuevo-presidente-de-cuba-en-lugar-de-raul-castro/ [Consultado 4 de noviembre de 2018]






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